Un Esbozo Histórico

El Dandy es un personaje del Romanticismo. Individualista, irracional en la razón, atrevido, el Dandy es todo un estilo. Es el rebelde que lleva arte y rebeldía a su persona y a su atuendo. Es Byron, que llora por su perro muerto y desdeña a los hombres, o que mide todas las mañanas la esbeltez de su talle, afirmando no alimentarse sino de bizcochos y agua carbónica. Es también Lord Baltimore (del que habla Baudelaire), quien se hizo construir un harén, por lo que fue obligado a abandonar Inglaterra, muriendo en Nápoles, camino de Turquía. El Dandy se rebela contra una sociedad –y un mundo- y adopta la esterilidad, la imposibilidad y el mal. Aunque esto no pase muchas veces de una estética o, a lo sumo, de una disidencia siempre individual. Porque el Dandy quiere separarse de los demás y ser así –en su personalismo- más rebelde.

Tras el Romanticismo (hasta 1850, fecha tópica), nutrido de Dandies famosos –Brummell ante todos-, y, cuando ya el dandismo ha entrado de pleno en la literatura –el Dandy es un personaje que se mitifica, y su literatura se acerca a un estilo-, el dandismo sigue evolucionando. Así, surge el Dandy del Simbolismo, el decadente, el estilo “fin de siglo”. Baudelaire, quien se tiñe los cabellos de verde, o responde a quienes elogian su imponente levita que se abrocha con grandes botones de metal dorado: “Acabo de encargarme doce levitas iguales”. El Dandy intenta horrorizar al burgués y vencer a la mujer en su terreno (o en lo que una sociedad considera su terreno). De ahí el desdén hacia la mujer. De ahí el tono femenino. El Dandy puro no debe hacer nada. Vive solo para su manera. Traslada el arte, la creación, a su persona; hace de su vida un arte. No obstante, casi todos los dandies conocidos de finales de siglo XIX fueron escritores o artistas. Si ellos no fueron dandies, trasladaron el dandismo a sus ficciones. A sus personajes. El dandismo finisecular (el Dorian Gray de Wilde o el Des Esseintes del A rebours de Huysmans) acentúa el pasmo hacia los demás, la protesta, la disidencia, la fascinación, la esterilidad –decadentismo- y la complicación de la metáfora del arte.

Se deleita en la estética del simbolismo. Aspira a la sinestesia universal y al arte que –sin abandonar la naturaleza- está más allá de la naturaleza y aún de la vida. Al arte que suplanta a la naturaleza. Que crea una naturaleza distinta. En Axel el drama simbolista de Villiers de l’Isle-Adam, los protagonistas (Axel y Sara) se entregan a un amor sublimado, que está más allá de la vida, que pertenece al orden de la sensación pura, de la sinestesia, de la transmutación de todos los goces de los sentidos. El final de tal amor –sublime porque es pasión- es el suicidio. Van a matarse, extasiados, mientras suenan las campanas nupciales de la boda de Ukko y Luisa, sus criados. Sara insinúa un último adiós a la vida. “¿Vivir?”, responde Axel. “Nuestros criados vivirán por nosotros”.

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